Indagué en mamá tratando de saber de sus éxitos y sus fracasos en su vida sexual, buscando claves que no encontré. Mamá es aún una mujer deseable, alta y de formas cuidadas y esbeltas. Es dicharachera y juguetona y afectuosa aunque reservada en esos temas. Supe que había tenido oportunidades de ser infiel pero que las había dejado pasar. Supe que, en parte por su educación y en parte por vergüenza, nunca se atrevió a más. Ella indagó en mí y vi una pequeña oportunidad: de a poco, fui contándole de mis aventuras y de mis escapadas y de mis deseos y, sobre todo, de mis libertades. Con cada comentario observaba atentamente sus rubores y sus asombros. Me atreví a más y un día dejé ex profeso una revista condicionada al alcance de su vista en mi dormitorio y, luego, al regresar, le pregunté con una sonrisa trasparente qué le había parecido "el material de lectura", a lo que me respondió con otra sonrisa y un "muy interesante" y las mejillas encendidas.
Días después esperé su llegada sentada en el bidet, mi falda subida, mis dedillos en acción acariciando mi botoncillo, la puerta del toilette casi cerrada pero dejando una rendija suficiente como para no pasar inadvertida. Por supuesto que la escuché abrir la puerta y entrar, por supuesto que la oí llamarme y por supuesto hice oídos sordos a ello mostrándome con la cabeza hacia atrás y los ojos entrecerrados, concentrada en mí; sorpresivamente me vino un orgasmo y abrí, como siempre me ocurre en esas circunstancias, abrí desmesurada y espontáneamente los ojos. Mientras mis manos se encharcaban vi por un momento su sombra tras la puerta. Haciéndome la desentendida me sequé, me levanté y salí del baño, poniendo en juego mis dotes de actriz para lanzar una exclamación de sorpresa cuando la vi en medio de la cocina, esperándome.
Mamá !!, no te oí entrar, me disculpé. Lo que siguió fue una comedia de enredos y frases con doble intención, con una final invitación mía hacia mi madre para que probara algunos de los chiches de autosatisfacción que guardaba en un cajoncillo oculto en el neceser del baño. Risa contenida, respiración agitada y mejillas encendidas fue lo que de momento conseguí. Y también, preguntas que marcaban su interés.
En las oportunidades siguientes no me atreví a avanzar más, tenía temor de que se asustara y echara todo a perder. Hasta que - sin doble intención y con sincera inocencia de mi parte - me fui a duchar preparándome a salir de casa mientras mamá preparaba café en la cocina. Desnuda y expuesta ví cómo mamá entraba al baño, levantaba su falda, deslizaba su bombacha hacia sus pies y se sentaba en el bidet para hacer pis.
Por largo momento no pude quitar mis ojos de su centro, mis pezones se irguieron, y para cuando levanté la vista supe que ella también miraba mi centro. No hicieron falta palabras, me dí cuarto de vuelta avergonzada y bañé mi rostro en la ducha, tratando de no pensar. Disculpame hija, no quería molestarte, me dijo con voz trémula mientras se secaba y se levantaba. Ay mamá, no seas tonta, arremetí, ya somos grandecitas ¿no? (y completé, lanzándome a la pileta) además, vos podrías coger frente a mí que a mí me va a dar gusto, no vergüenza, mientras cerraba el grifo y tomaba la toalla. Por el momento, el incidente allí terminó.
Una semana después supe que mi madre había debutado. En su inexperiencia, el sabor y el perfume agridulce de sus secreciones fueron notorios para mí en ese aparatito. Me reí y me alegré, por mí y por ella. No me atreví a decirle que la había descubierto, pero le compré unas bragas de satén y encaje muy atrevidas - para lo que ella acostumbraba a usar - con una abertura en la entrepierna y se la regalé primorosamente envuelta junto al chiche que ella ya había usado. Silvi, estás cada vez más atrevida vos, me dijo al verlo, retándome sin retarme, de mentirillas. La abracé, jugué como un gatito a su alrededor, le cubrí las mejillas de besos, una y otra vez, expresándole mi alegría sin par. No sabés cuánto gusto me dá sentirte tan mujer y tan caliente, ma, le dije, entre otras cosas. Me dá vergüenza todavía, me dijo entre otras cosas. Y con papá, cómo están las cosas?, pregunté mientras compartíamos un café ya más relajadas. Como siempre, hija, bien, normal, o qué se yo, desgranó. Ya hemos perdido la costumbre del sexo, pero, a lo mejor, quién te dice, con un poco que ponga de mi parte a lo mejor puedo recuperar aunque sea un polvito mensual, terminó entre risas.
Dos días después me conmovió y morí de risa mientras me confiaba su "accidente" con el vibrador, el eléctrico, que no supo como parar. Antes de salir - iba a encontrarme con Alberto - me volví a duchar y esa vez lo hice con la secreta esperanza que ella tomara alguna iniciativa. Nada. Salí de la ducha y me sequé. Nada. Le ofrecí mi desnudez tomando el café frente a ella. Nada. Me vestí y antes de salir remolonié, esperando algo, alguna pregunta que me diera pié para decirle que me iba a comer el mejor tallo que había conocido en toda mi vida. Nada. Voy a hacer pis antes de irme, má, le dije, encaminándome al toilette. Yo también tengo que hacer, dijo, siguiendo mis pasos. Bajé mi tanga, subí mi pequeña falda y me senté en el bidet; ella hizo lo mismo, casi al mismo tiempo que yo, sentándose en el wc. Hizo, hice. Ay mamá, estoy que hiervo, necesito pajearme antes de verlo a Alberto, dije recostando mi cuerpo hacia atrás y llevando mi mano a mi entrepierna. Yo también, hija, me devolvió con un hilo de voz copiando mis movimientos. La corrida de ambas fue.., bueno, ustedes saben, terrible.
Creo que en ese momento mamá también comenzó a comprender el significado de esa pequeña palabra. Lujuria. Tres meses han pasado y (ahora sí) estamos en el tiempo presente; claro que ahora son tan pero tan presentes, que todavía siento el regusto en mi paladar. Ahora sí, también, estoy segura que esto merece ser leído por otros.
.